Me gusta escribir cuentos, dignos de Meg Ryan, con finales inesperados. Lamentablemente no soy el único. Me gusto mucho tu cuento, Pablo. Disfruta de tu fama... Se sentó frente al computador.
Tenía muchas ganas de escribir. De contar una historia. Su historia.
Las palabras no llegaban. Tenía la idea, el desarrollo, el final. Pero no tenía el comienzo.
Se desesperó, como suelen hacer los escritores cuando están en sequía de ideas.
Fue hacia el refrigerador, sacó una cerveza muy helada. La tenía ahí desde hacía tiempo.
Las había comprado cuando sus amigos prometieron que irían a visitarlo. Aún estaba esperando.
El hombre había quedado solo, pero no entendía si era porque él se lo había buscado o porque el mundo no lo entendía.
A estas alturas eso era una nimiedad. Hacía mucho que le habían dejado de preocupar esas cosas. Ahora solo pensaba en ella. Día y noche.
La había conocido en el tren. Una casualidad. Cómo le gustaba que pasaran esas cosas.
Recorriendo amplios y verdes valles montado en un tren, en una estación solitaria, la había visto. Se detuvo en ella más que en cualquier paisaje. Se detuvo más en ella que en las nubes de esa fría tarde de primavera.
Pero había un problema. Él estaba arriba del ferrocarril y ella en la estación.
Se sintió el
pitazo de partida, pero las puertas aún no cerraban.
No pensó en nada. Solo actuó.
De pronto el tren emprendió la marcha. El humo cubría el lugar.
Sopló una brisa y pudo verse al hombre parado al lado de la muchacha.
El tren muchos metros más allá. Ahora era un punto en la lejanía.
El primer paso estaba dado. Pero ahora qué.
No sabía que decirle.
Iba en el tren y te vi y me bajé y me gustaste y no te conozco y no me conoces.
No era la frase más inteligente que podía elaborarse pero era lo que sentía. Pese a ello sabía que no podía decirle semejante estupidez. No si quería verla de nuevo.
Encendió un cigarro para pensar mejor. La muchacha seguía ahí.
Se dio cuenta que tenía que actuar rápido. Quizás la niña partiría en cualquier momento.
- Me dices la hora
porfa – le dijo temblando
- Son las 7:30 – le respondió la mujer. Era realmente bella. Su pelo castaño seguía la dirección del viento. Corría norte. Quizás llovería esa noche.
- Y a que hora pasará el siguiente tren a Santiago? – fue la mejor pregunta que pudo crear en ese momento.
- El que pasó era el último. No debió haberse bajado.
Sintió que la cara le ardía. Claramente no era fiebre súbita. Era vergüenza. Se sintió mas humillado que en toda su vida. Humillado y totalmente desnudo.
- Es broma. El próximo pasa a las 8:30 – le dijo entre risas la muchacha. Los ojos brillaban y un suave rosado pintó su rostro.
Le volvió el alma al cuerpo. Respiró hondo un segundo. Ella sonreía coqueta.
- Gabriel – le extendió la mano.
-
Marcela- Me diste el susto de mi vida
-
jajaja… para que te bajaste?
Otra vez la muchacha lo tenía entre la espada y la pared.
- Me sentía un poco mareado. Ese tren iba lleno. No cabía ni un alfiler. Me faltó el aire digamos,
jajaja…
Ambos rieron. Ambos sabían la verdad, quizás por eso rieron.
Ella se sorprendió. Era una buena excusa. Hasta parecía verdad.
- Tu
pa’
onde vai? – le pregunto Gabriel. Ya no sentía tanta vergüenza y además se sentía más cómodo.
- A Santiago.
- Y por qué no te subiste en el que pasó? – ahora era el turno para hacer las preguntas.
- Porque me sentí un poco mareada…
Era una mujer inteligente. Eso nadie podía negárselo.
Conversaron hasta las 8:30. Hablaron banalidades, quizás comenzaron a conocerse.
Conversaron luego un par de horas en el tren a Santiago. Se contaron sus vidas, sus sueños, sus miedos. Hablaron de música, comida, libros, películas. Vieron si tenían amigos en común, quizás algún pariente lejano.
Era la una de la mañana del día siguiente y mientras el presagio de la lluvia comenzaba a caer, sus voces eran las únicas que se sentían a lo largo del tren. Una pequeña luz encendida y una conversación amena. Inexplicable.
El tren se detuvo. Estación central a la puerta.
La cerveza se acabó y la hoja de
word seguía en blanco enfrente.
Era tarde pero no tenía sueño. Las ganas de escribir habían pasado.
El teléfono sonó. Era ella.
Ya tenía un comienzo para su historia.